Cuando llegué a Nazareth -a dos buenas horas de Jerusalén- se me había acabado el carrete en color. Y es que no podía aguantarme las ganas de disparar…
Aquí dejo dos rincones, de los muchos que capturé. Iba con el teleobjetivo, sin miedo a la falta de luz, ya que el sol de Galilea se bastaba y se sobraba para cualquier exposición. Y así quedaron.

Una casa cualquiera, junto a la llamada “casa de S. José”. Como siempre el alminar (o minarete) de una mezquita, asomando por una esquina. Allí, todo -todo- es como esta imagen.

La Basílica de la Anunciación, descomundal, junto a los altavoces que requieren a los fieles musulmanes a la oración. Otro caso típico: mezclando, como decía el abuelo, “el culo con las témporas”.





