Lo sobrecogedor: el sentimiento que se apodera de ti cuando sientes que la tierra vibra y los cristales tiemblan. Cuando asomas la cabeza por la ventana, y, de pronto, ves que una columna de humo, fuego y ceniza se levanta hacia el cielo.
Eran las 11. Estaba estudiando un examen parcial que tenía a las dos de la tarde. La sala de estudio ha gemido, y un golpe estruendoso me ha sacudido de pies a cabeza. El panorama a través de la ventana ha confirmado mi temerosa sospecha. Había oído el rugir de una bomba unos años antes, en Bilbao. Es una sensación que no se olvida. Pero esperaba que no se fuera a repetir nunca.
Nos juntamos en el pasillo. “No quiero pensar lo que ha podido pasar ahí”. Las once menos dos minutos: cuando los alumnos cambian de aula, salen o entran a clase. Un descanso en la puerta de la biblioteca, un pitillo, una llamada de móvil… Una gestión en las Oficinas Generales, una cita con un profesor, el tardío desayuno de un estudiante remolón en la cafetería “Faustino”. ¿Qué pretendían? ¿A quién apuntaban? ¿A un profesor de Historia del Arte? ¿A un niño de 18 años con mochila y apuntes bajo el brazo?
Nos acercamos con la ridícula pero bienintencionada esperanza de poder ayudar. En el campus, el caos. Chicas llorando. Llueve con fuerza. Parece que el cielo se ha vestido de gris para echar unas lágrimas. Pero no sobre los estudiantes afectados, no. Lágrimas sobre las almas de los que han hecho esto. Luego alguien ha dicho: “Serenidad. Hay que perdonar”. Perdono. Perdono.
Es la sexta vez que el terror intenta herir en mi Universidad. La sexta bomba. San Miguel, presente en el escudo de la Universidad de Navarra, se ha encargado de que nadie pasara por allí en el momento de la explosión. El resto lo han hecho los muros de granito del Edificio Central. “Dios mío, gracias. Es un milagro”. El sexto milagro.








