De pequeño no entendía cómo funcionaba eso de los taxis. En las películas, un tipo iba andando –o corriendo- por la calle, siempre con su gabardina y una o dos pistolas, y detenía un coche amarillo con cuadritos negros. Entonces, sin haberse acomodado siquiera, decía: “¡Conduzca, maldita sea!”. Y otras veces: “Chófer, siga a ese coche”.

En coche por Madrid, septiembre de 2008.
Por eso yo no entendí nada cuando fuimos a una parada de taxis, donde todos estaban parados. ¡No se pillaban en marcha! Y además eran blancos. ¡Blancos! Le tuvimos que preguntar a un señor que fumaba un grosísimo puro, y resultó ser un taxista. Y entonces, después de montar, mamá sólo le dijo: “a Gran Vía 75, por favor”. Y nos llevó.