O de bronce, más bien. Sola, inmóvil día tras día. Jamás pudo sentir el placer de rascarse la nuca. Jamás pudo acuclillarse para descansar los músculos de las piernas. Y desnuda: todos los años soporta con admirable estoicidad la persistente lluvia bilbaína… Fría, hierática, impertérrita. Asida a su lira con una firmeza casi exagerada -parece que quisiera partirla en dos- y dejando a las gotas de agua la labor de arrancarle al metal su melodía.

Dama de Hierro, Museo de Bellas Artes, Bilbao, agosto de 2009


